Conforme crecemos, vivimos nuevas experiencias, cambiamos con el tiempo; nos hacemos más responsables y por tanto se van acumulando algo que nos da mucho miedo: La toma de decisiones.
Cuando eres pequeño, tus decisiones son de lo más básico: de qué color pinto el pato, qué vestido le pongo a la muñeca o quienes van a ser los miembros de mi equipo de fútbol en el recreo.
Sin embargo, los años pasan y esas inocentes decisiones van pasando a otras más importantes como elegir rama de estudios, llamar o no a ese chico que te gusta o simplemente escoger a tus mejores amigos. Estas primeras decisiones son las que comenzarán a marcar nuestro futuro.
El problema de hacerse adulto es que ya muchas de las decisiones que tomas no dependen de ti, e involucran a una o a varias personas. Seguimos decidiendo de manera básica (¿Qué vemos en el cine?, ¿Talla 38 o 40?, ¿Chino o Italiano?) Si bien, todo cambia cuando tu decisión puede llegar a cambiar tus hábitos de vida (Cambio de trabajo, cambio de piso, comenzar a ir al gimnasio, dejar de fumar...)
Pero qué pasa con aquellas decisiones que involucran a más gente? Que nos aterran. Al menos a mí. Son decisiones que carcomen la conciencia, que se meditan, que se dan vueltas, algunas veces hasta se intentan posponer; pero llega un momento crucial en el que HAY QUE ELEGIR. Tu felicidad está en juego y posiblemente la de otras personas, a la larga, también. Escoger a veces es duro, porque quizás las mejor soluciones vea sus frutos a posteriori. Quizás pasen meses o incluso años.
Es importante tener el punto egoísta que todo ser humano tenemos a la hora de tomar decisiones determinantes. Aunque en un principio sean tajantes o la otra parte no esté del todo de acuerdo, la decisión, pienso yo, debe ser positiva al menos para la persona que la toma.
Hasta llegar a una decisión a veces se llora, nos negamos a ver lo evidente, o al menos lo que tu no querías ver. Se hace daño sin querer hacerlo y por supuesto, tambien se pasa mal. Muy mal. Las decisiones nos curten y nos ayudan a evitar caer dos veces en la misma piedra.
Aunque quizás sea todo más sencillo y la vida sea una cuestión de azar